Se acerca el FELIZ momento de…
NAVIDAD
Amar aún más a las personas que forman parte de nuestra vida…
Vibrar de emoción ante las pequeñas cosas…
Ilusionarse con nuevos proyectos que nos hacen crecer como persona…
Dar luz con nuestra mirada a aquellos que la buscan…
Acortar la distancia con los que están lejos…
Demostrar una vez más que el amor es la esencia de una vida plena…
… tal y como nor lo enseñó Jesús en cada episodio de si vida.
Hermandad de Prendimiento de Jesús
Si el Adviento es tiempo de avivar la esperanza en «unos cielos nuevos y una tierra nueva según su promesa», es porque rememoramos en la Navidad el acontecimiento de la encarnación. Lo que esperamos —la salvación del único Salvador—, por tanto, ya lo hemos recibido en prenda y constatamos su progresivo despliegue hasta que llegue a plenitud.

Ahora bien, en el correr de los días, en ocasiones, se hace complicado constatar que el Señor de nuestra vida viene a nuestro encuentro. Entre las muchas o pocas cosas que habitan nuestras horas se nos hace difícil encontrarlo, experimentarlo y, a veces, más todavía, expresarlo. Para agudizar nuestros sentidos, para calmar la sed y retomar nuestro corazón inquieto, la Iglesia nos propone este tiempo de Adviento, donde tomamos conciencia de que el Señor viene continuamente.
Si bien, la primera es la que rememoramos en la Navidad y la última es la que esperamos en la Consumación final, la venida intermedia es la que expresa la venida constante de Jesús, que se traduce en la tensión entre la alegría de la primera y la esperanza de la última. Esta venida intermedia es el objeto de atención especial en el Adviento. Si sólo hiciésemos memoria de la primera, no pasaría de ser un mero recuerdo; si sólo esperásemos la tercera, tan sólo sería futurología. En cambio, la segunda venida es expresión de que el Señor no se ha ido. Él no tiene que volver, sino que viene continuamente a nuestro encuentro.
Esto es la señal auténtica de la experiencia de fe. No son ideas ni recuerdos, sino experiencia viva en nuestra carne de un encuentro.
Para profundizar en esta venida intermedia debemos detenernos en tres aspectos:
• En primer lugar deberemos auscultar dónde se da Dios, ¿cuáles son sus lugares? ¿En dónde acampa? Para ello, miraremos los lugares de la primera venida; los lugares donde vivió Jesús, en los que se encontró con la gente, tratando de descifrar qué significado pueden tener para nosotros.
• En segundo lugar, deberemos mirar y escuchar cómo Dios se sigue encontrando con nosotros tratando de responder a la pregunta ¿qué entendemos por experiencia de Dios?
¿Cómo identificarla y tomar conciencia de ella?
• Por último, podemos dar con algunos ámbitos para comunicar tal experiencia de salvación. Cómo renovar nuestro encuentro con Dios y cómo ser testigos de ello.
El tiempo litúrgico
El Adviento es un tiempo litúrgico. Inicia con las vísperas del domingo más cercano al 30 de Noviembre y termina antes de las vísperas de la Navidad. El tiempo de Adviento tiene una duración de cuatro semanas.
Este año, comienza el domingo 29 de noviembre, y se prolonga hasta la tarde del 24 de diciembre, en que comienza propiamente el tiempo de Navidad. El color de los ornamentos del altar y la vestidura del sacerdote es el morado, igual que en Cuaresma, que simboliza austeridad y penitencia.
La liturgia suprime durante el Adviento una serie de elementos festivos. De esta forma, en la misa ya no rezamos el Gloria, se reduce la música con instrumentos, los adornos festivos, las vestiduras son de color morado, el decorado de la Iglesia es más sobrio, etc. Todo esto es una manera de expresar tangiblemente que, mientras dura nuestro peregrinar, nos falta algo para que nuestro gozo sea completo. Y es que quien espera es porque le falta algo. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa, significada por solemnidad de la fiesta de la Navidad.
Tenemos cuatro semanas en las que Domingo a Domingo nos vamos preparando para la venida del Señor. La primera de las semanas de adviento está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. La liturgia nos invita a estar en vela, en espera de la venida del Señor. La segunda semana nos invita, por medio del Bautista a «preparar los caminos del Señor»; esto es, a mantener una actitud de permanente conversión. Jesús sigue llamándonos, pues la conversión es un camino que se recorre durante toda la vida. La tercera semana preanuncia ya la alegría mesiánica, pues ya está cada vez más cerca el día de la venida del Señor. Finalmente, la cuarta semana ya nos habla del advenimiento del Hijo de Dios al mundo. María es figura, central, y su espera es modelo estímulo de nuestra espera.