Nuestra Hermandad no quiso solamente recoger, en la representación de la Semana Santa Torrentina, un momento más de la Pasión del Señor, que hasta la fecha había pasado desapercibido, sino también ser testigos desde el Paso, la vestimenta, el estilo… de todo aquello que sucedió al acontecimiento de la traición de Judas con el beso al maestro, “Jesús le dijo: Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre” (Lc. 22,47) y, la respuesta de Jesús a la pregunta de los soldados: “¿A quién buscáis?. Le contestaron: a Jesús el Nazareno. Díceles: “Yo soy”.
Quiere ser nuestra Hermandad en las procesiones por las calles de Torrent, testigo del amor de Jesús y de la traición del hombre. Recordamos el Miércoles Santo: el silencio tan sólo roto por el tambor que marca el paso de los hermanos, el sonar de las monedas en la pequeña bolsa colgada del báculo y el golpe del báculo. Silencio para contemplar el misterio, el amor, la salvación.
La Palabra que nos hace partícipes de los relatos de la Pasión de Jesucristo y, más en concreto, aquéllos que nos hablan de lo ocurrido en el Monte de los Olivos (Mt. 26, 47-56), fueron la inspiración de nuestra Hermandad. Después, claro está, había que pensar en algunos detalles para plasmar el Paso o la obra escultórica, la vestimenta de los hermanos; todo esto no fue hecho al azar, tampoco desde la moda o el gusto por la combinación de colores. Efectivamente, no hace el hábito al monje, pero había que reflejar desde el porte exterior lo que habíamos creído, lo que estamos dispuestos a vivir y deseosos de trasmitir.
Todo esto lo vivimos agradecidos, no podía ser de otra manera. Nos sentimos amados en nuestra pequeñez e incluso en nuestra infidelidad, en el pecado. Acción de gracias pero también la actitud humilde de quienes se sienten no merecedores. Todos estos signos de pequeñez están recogidos en la historia de un hombre, Francisco de Asís, que por una parte se sintió amado por Dios, rebosó de amor, pero que, como el centurión expresó en su vida aquellas palabras: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano” (Mt.8, 7).
Este quiere se nuestro talante: sencillez, humildad ante el reconocimiento de haber recibido tanta gracia inmerecida. Desde esta experiencia estamos más atentos a quienes experimentan la pobreza en cualquiera de sus dimensiones. Llevamos un báculo que es la cruz de Jesús con una silueta de su imagen, el cordón, la “T” expresión de la llamada de Dios a vivir con un talante franciscano.
Hay tantos detalles: La promesa del silencio, la bolsa con las treinta monedas, y por báculo la misma Cruz. Fuimos algo cabezotas en la idea de poner límites a la presencia de instrumentos; queríamos transmitir la idea de una hermandad sin demasiados adornos, como la cruz misma.







